David Elí Salazar Espinoza
El autor en mención, es docente de la Universidad Nacional "Daniel Alcides Carrión" de Cerro de Pasco, trabaja en la Facultad de Ciencias de la Educación, Especialidad de Comunicación y Literatura. Tiene varias publicaciones en su haber; una de ellas, que habla del entorno minero, de la vivencia de los obreros es, "Las Botas de Jebe".
El 2012, parece venir bien para la literatura pasqueña, hay mayor disposición por valorar las publicaciones locales-regionales; por lo mismo, algunas instituciones educativas, particulares principalmente, han encargado tareas a sus estudiantes para leer y analizar textos como los arriba mencionados.
En ese sentido, con el sano propósito de contribuir a la divulgación cultural y, con el ánimo de colaborar desde el Internet, les ponemos a disposición esta interesante lectura.
El 2012, parece venir bien para la literatura pasqueña, hay mayor disposición por valorar las publicaciones locales-regionales; por lo mismo, algunas instituciones educativas, particulares principalmente, han encargado tareas a sus estudiantes para leer y analizar textos como los arriba mencionados.
En ese sentido, con el sano propósito de contribuir a la divulgación cultural y, con el ánimo de colaborar desde el Internet, les ponemos a disposición esta interesante lectura.
LAS BOTAS DE JEBE
Qué será la vida de Daniel. De aquel gran amigo que tuve en la escuela. Han pasado tres años que lo estoy buscando. Fracaso nomás en mi intento. Papá, tú no has conocido a Daniel, porque en esos años andabas de viaje en viaje con negocios lejos de aquí, dejando sola a mi mamá para que se encargue del sembrío y la cosecha. Ahora que me has traído para conocer la ciudad, preguntaré por Daniel porque siempre quise agradecerle de algo, esa vez no me dio ocasión para hacerlo, por eso es que lo estoy buscando todo el tiempo...
Daniel era el hijo de la profesora Silvia, un chicoco flaco, espigado que traía los cabellos caídos hasta el borde de las cejas. Su frente arqueada se ocultaba tras esa cabellera negra. Era colosal verlo. Sudaba intensamente por la nariz y había agarrado la costumbre del limpiarse el sudor a cada rato. Nosotros, "la chibolada", aprovechábamos para bromearle y sin que se diera cuenta, alguien aparecía por su espalda hasta apegársele muy cerquita, y ya junto a su rostro le soplaba la frente y de inmediato, el cabello lacio caía cubriéndole el borde de las cejas dificultando pesadamente su mirada. Entonces el grupo estallaba en carcajadas y no parábamos de reír durante largo rato. Era alegre, nunca se amargaba con nosotros a pesar de las bromas a veces fuertes que le hacíamos. Su sonrisa graciosa y habitual lo disimulaba todo. Pero lo que más recuerdo de "Danicho", así le decíamos en el grupo por cariño, era su pasión por jugar a la pelota. Creo que "pelotear" es la única diversión preferida que hacemos hasta hoy en el recreo, en cambio los más grandes, juegan al trompo, a las escondidas; las niñas se dedican a saltar soga, o limpiar un trozo de vereda sucia para tirar el "yas" y el ping-pong. De arriba para abajo, del rincón a la esquina, arreábamos la pelota en el pequeño patio de la Escuela. Todos nos habíamos acostumbrado al terreno inclinado y deforme por lo que teníamos que ser precisos. Los goles más arriba de la cintura no valían. Es que la señal del arco eran dos piedras puestos a cierta distancia. Pero el problema mayor era que nadie de los demás niños quería que Daniel jugase para su equipo. " toda vez nomás se pierde con él" Decían, cada derrota, cada gol en contra le echaban la culpa aunque no lo tenía. Daba pena verlo al pobre por lo triste que se quedaba. Yo era el único que lo incluía n mi equipo y de eso me agarraba en bronca con mis demás compañeros. Al rato de escoger, Daniel era bien "vivo". No se movía. Allí estaba junto a nosotros, parado como una piedra y no había remedio, aunque sin querer, tenía que ser incluido para cualquier equipo...Es que en verdad el pobre no podía jugar. Era lento para patear la pelota. Usaba unas botas de cuero blanco. Unas estrellitas en el centro distinguían su calzado. Este era su mayor problema, renegaba a veces, por eso es que para dar un pase se demoraba tanto que por su puesto, todos le quitábamos el balón. Nosotros corríamos ágiles. Teníamos la ventaja que nuestras botas servían para ir a la escuela, para ir a la chacra y para jugar. Pero de todas maneras a Daniel le gustaba jugar. No le importaba perder. A veces, sus chispazos de buen quitador nos hacía reír a todos. Al final del partido, tenía que luchar con otro problema. Sus botas blancas se teñían de barro y el pobre padecía largo rato queriendo limpiarlos para disimular en su casa la pelotera que se había dado. Lo que no se preocupa de eso, ni de nada, era el "pitín", un niñito chato y trompudo que jugaba descalzo. Era buen cabreador. La planta de sus pies se habían acostumbrado a pisar la tierra y de esa mutua convivencia entre pie y tierra brotó un callo grueso y duro que ni lo sentía al caminar ni a cualquier tropezón que daba.
Recuerdo que un día se organizó el Reinado para escoger a la niña más buenamoza de la escuela. Todos los padres asistieron y medio orgullosos hicieron lo posible para que sus hijas lucieran su mejor vestido. Nosotros jugábamos a la pelota, pero la bulla, las hurras, los aplausos que venían del salón del Quinto Año despertaron nuestra curiosidad. Claro, ese salón era el más grande y el mejor arreglado que tenía el plantel. Entonces paramos el juego y de puro chismosos fuimos al encuentro del bullicio, al salón del Quinto año. Vimos que en el centro, la profesora Silvia, estaba contando el dinero de la venta de los votos. Los padres comentaban sobre la belleza de las niñas. Estábamos nosotros acurrucados en una esquina y de repente, lo vemos a Daniel junto a su mamá. Ella atareada en su labor no le hizo caso, entonces el bandido, disimuladamente coge un billete de los tantos que había en la mesa y se retira. La profesora Silvia no le dijo nada. De vergüenza seguro. Dejó ir a Daniel pensando que la cosa no era nada serio. Sin embargo, era más serio de lo que se esperaba. Panudamente salió con el billete en la mano con dirección a la puerta ante la mirada atónita de la gente. Afuera todos los del grupo rodeamos en círculo a Daniel y grande fue nuestra sorpresa al mirar el billete, ¡era cien soles ! ¡cien soles en la mano de un niño! Todos brincamos emocionados. Gritábamos hurras y nuestras caras se ensancharon riendo de contento. En la casa papá, tú sabes que no conocíamos ese billete. Así, sin reparar en nada, Daniel con su sonrisa habitual nos dijo: vamos a la tienda de Iquito Campos. " ¿pero para qué a esa tienda donde venden ropas y calzados?" le pregunté. Su respuesta fue contundente, "me voy a comprar unas botas de jebe". Un gran susto invadió la semblanza del grupo. Yo sabía que sólo tú o mi mamá me compraban la ropa cuando se acordaban. Pero eso no Importó. La "chibolada" le seguimos en fila y presurosos subimos a la posta Médica que está en la parte superior de la Escuela, con el sudor en nuestras mejillas corrimos por la carretera y en menos de diez minutos llegamos a la plaza. A treinta metros arriba estaba la tienda. Ingresamos hasta abarrotar el pequeño espacio del local, sin duda, era la única tienda que vende esas cosas. Daniel muy sereno pidió: "véndame unas botas de jebe" Don Iquito, un hombre ya de edad, miró sorprendido al hijo de la profesora Silvia. Sus pómulos agujereados se ciñeron para arriba hasta convertirse en arrugas, yo no quería acercarme más porque su rostro era de temer. Cuentan que a Don Iquito le agarró una enfermedad rara muchos años atrás y desde ahí no se le quitaron los huequitos de la cara. Mi profesor nos dijo después que eso se llama viruela. Pero ese día los ojos de Don Iquito brillaron de contento. Nos atendió con mucho cariño y nos mostró uno y otro botín y al primero que lo probó Daniel dijo: " ¡me quedo con esta!". Salimos contentos, gritando ¡ Danicho í . Danicho 1 . Danicho! hasta volver a la posta médica. Lo que no me acuerdo es cuánto costo las botas. Ni rebaja, ni vuelto pedimos. Estábamos felices para acordarnos de eso. Al llegar al patio de la Escuela, Daniel estrenaba un nuevo botín en la cancha. Todos pisábamos la punta en señal de bautizo. Nos pusimos a escoger. Ahora todos querían que Daniel juegue para su equipo. Felizmente yo era compañero de Daniel. En la pelotera cada uno de nosotros queríamos ganar, pugnábamos por llegar al arco. La bola venía para arriba y para abajo, cabecitas, taquitos, los arqueros revolcándose en el suelo para impedir el gol. Los empujones y patadas eran como siempre. Fue un partido inolvidable. Daniel corría muy ágil, incansable en la cancha, quitaba la pelota, devolvía los pases rápidamente. Sin duda era su mejor partido. Yo estaba en la defensa, aproveché que el grandazo "papilón", del otro equipo, se tropezó hasta caer al suelo. Daniel esperaba solo adelante, le empeiné el balón donde estaba, él, con muchas ganas paró la pelota en sus pies, miró el arco, "sarramplín", el otro grandazo que defendía su portería quiso asustarlo, atarantarlo. En vano. Daniel pateó la pelota con mucha fuerza a una esquina del arco . "sarramplín" voló para atajarlo sin importarle el barro. Esfuerzo inútil. La pelota traspasó y . gol! . gooooooolll! gritó Daniel con tanta fuerza y alzando sus brazos recorrió casi toda la vuelta del patio. Nosotros corrimos a abrazarlo y sentimos que estaba muy emocionado. Hasta "Pitín " que jugaba para el otro equipo también vino a felicitarlo. Era tanta la alegría que los más grandes del tercero y cuarto año se nos acercaron a chismosear. Daniel había metido un gol, su primer gol en la escuela, de repente el primero de su vida, por eso lo gritó con tanta fuerza, con tanta vida, con todo el corazón. Este gol era toda su gloria, su ambición, su triunfo... pero también su gran tristeza...
La noticia de la compra de las botas llegó a todo el mundo, como cuando el zorrillo deja su olor al pasar en la noche. La mamá de Daniel que todavía se encontraba reunida con los padres para realizar los preparativos del Reinado, seguramente también se enteró. Cuando el juego se había reanudado y estábamos por conseguir otro gol, escuchamos el grito de una voz conocida. ". esos niños paren el partido!". Era la profesora Silvia quien agarró la pelota y cuando se dirigía al salón vio a Daniel con sus botas de jebe, sorprendida la recriminó.". Dany! . donde están tus botas blancas!" el grupo se quedó asustado. Hasta esa hora, nadie se acordaba dónde habíamos dejado las botas blancas de Daniel. Claro, nos olvidamos en la tienda de Don Iquito. Ella la agarró del cuello y se la llevó a la Dirección. A Daniel lo vimos caminar cabizbajo y triste como si se le hubiera acabado el mundo. Volteó para mirarnos y su rostro reflejaba como el llanto de un niño recién nacido...
Al día siguiente cuando todos estábamos formados, por ningún lado vimos a Daniel hasta después de siete días. Al cabo de ese tiempo, una mañana apareció con las mismas botas de antes, blancas, ahora sus estrellas estaban más pintadas, azulinas como el cielo, traía en la mano un bolsón negro. Me llamó solo a mí y me contó que su madre había recogido sus botas y el vuelto de Don Iquito, dijo que todos en su casa le molestaron porque consideraron que no estaba bien hecho, que él no podía usar unas botas de jebe como nosotros y me dijo también que se iría de este pueblo porque sus padres habían decidido llevarlo a otra escuela, además me confió algo. No quería despedirse de nadie porque caería en llantos. Extrajo algo de su bolsón y medio lloroso me habló temblando: "Hugo, toma mis botas de jebe, úsalos para que hagas más goles con ello " y se fue. No me dio oportunidad para decirle gracias. Nadie me había regalado nada hasta ese entonces y en la noche cuando le conté a mi mamá me argumentó que no podía aceptar esas botas. Pero yo insistí y así quedó. Mi mamá dijo que iría en la profesora Silvia. Al día siguiente lo busqué por todos lados, ya no lo encontré. Se había ido del pueblo para siempre. Así como se han ido todos los padres de los niños del grupo, así como te vas tú "al viaje", así como se van todas las cosas buenas de este mundo... Por eso papá, es que todo el tiempo he preguntado por él para agradecerle lo grato que fue conmigo, quiero contarle los goles que he hecho en la escuela, porque estas botas que llevo puesto, que todavía me duran fueron de Daniel... Y tú ni siquiera te has dado cuenta...
(PUBLICADO En la Revista Bodas de Oro. Cerro de Pasco 1994)